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Por una PUERTA PRINCIPAL para el TEATRO El Silo

Miguel Angel Cabrera Cabrera | 31 mayo, 2017 | 0 Comentarios

¡¡¡Porque la puerta principal es la puerta principal!!!

¿Recuerdan que desde que se inauguró el Silo nos han obligado a acceder a la sala por la puerta lateral sur, no fuéramos a manchar lo bonito, y que tuvieron que hacer deprisa y corriendo unas nuevas escaleritas porque todo el mundo usaba el atajo pisando el césped recién plantado? ¿Han observado que últimamente vienen abriendo ambas puertas laterales forzados por la apertura de la nueva mal ubicada taquilla? Dos puertas, dos porteros y una corriente de aire que convierte al vestíbulo en un glaciar.

En todos los teatros del mundo -menos en Pozoblanco- un portero colocado en el acceso principal al edificio corta la entrada del espectador que ya puede franquear libremente la puerta. Podemos decir que en ese preciso momento da comienzo la representación. Asistir en un teatro a una representación, a un concierto, un recital o a cualquier otro espectáculo que pueda albergar constituye un ritual. Y, en teatro, el rito comienza en la puerta de entrada al edificio. Es ahí, en la puerta grande, como los toreros, donde el público cargado con la ilusión siempre renovada de ir a ver algo grande alimenta sus ilusiones y franquea la puerta esperanzado en que presenciará algo hermoso, único y extraordinario. El magnífico pasillo acristalado y la grandeza de los silos, incluso vacíos, perfumarían el momento de un aroma irrepetible y posiblemente excepcional.

¿Han observado que nos han acostumbrado a acceder por la puerta lateral, a entrar como de tapadillo, !por la puerta falsa!? ¿Han notado como el público hace cola en plena calle, entra, gira rápido a la derecha, sube la rampa presenta su entrada al acomodador de sala y busca su localidad y ahí se acaba todo? Entrando así a la sala nos saltamos un detalle importante del rito social de acudir al teatro. Porque asistir a un teatro es un acto cultural y es también un rito social. 

Como en el amor, suele ser más deleitoso subir las escaleras lentamente, imaginar lo que vendrá, franquear la puerta del misterio, recrearse en los momentos previos que descubrir al final de la aventura con Eros que, la mayoría de las veces, el lecho no ha cubierto nuestras expectativas.

                 La puerta lateral debería ser el acceso reservado a  sillas de ruedas y minusválidos que no puedan salvar los escalones (sólo 4 ó 5 escalones deberían salvar los arquitectos para que todo el mundo pudiera acceder por la puerta principal) y, la puerta grande que nos ocupa, debería ser el único acceso para el público en general. A los sitios se entra por la puerta principal, por la puerta grande, como los toreros, por la puerta más vistosa, por la que da más categoría al recinto y a quien la traspasa; y no por la puerta falsa.  ¿Para qué si no se le ocurrió al arquitecto abrir esta enorme puerta? Para ventilar el vestíbulo seguro que no. 

        El único portero, apostado en el mismo umbral de la puerta Grande, amplia y bien iluminada, corta la entrada de los espectadores que habrán subido la rampa de esa particular “alfombra roja” de granito. A partir de ese momento son libres para hacer absolutamente lo que quieran.

           ¿Que qué puede querer el público? Pues lo mismo que la pareja de enamorados que más arriba subía los escalones: entretener la espera, deleitarse en los momentos previos, paladear el momento bueno que está al caer al final de la escalera, tras la puerta abierta que me espera, libre.  Es aquí donde comienza el rito social al que me refería. Es posible alternar más allá de los bares. El público entra al amplio y luminoso vestíbulo, habla con amigos y conocidos, comenta, departe agradablemente, visita el bar o les toilettes… Desde el momento en que entramos al pasillo acristalado:

–          Podemos entretenernos contemplando una exposición en los silos. Éste es el mejor momento y el más barato para tener en uso los hasta ahora desangelados silos. Exposiciones continuas y muy prolongadas (¡hay tantos artistas en Los Pedroches!) mantendrían el interés del público en acercarse un rato antes al teatro y no llegar deprisa y corriendo. Haríamos del teatro, de carambola,  un centro de arte y cultura: ¡cuesta tanto acercar las exposiciones al público y sería tan fácil hacerlo!

–          Al final del pasillo acristalado nos encontraríamos con un “Buenas noches” y la sonrisa en los labios de una acomodadora que nos haría entrega del programa de mano de la función (porque los programas de mano se editan para ser entregados en las representaciones y no para “tirarlos” por la calle tres días antes). Las acomodadoras deben estar para algo más que acomodar y vigilar el desarrollo de la función. Nada más abandonar el pasillo acristalado, en el centro del hall, nos tropezaríamos con el mostrador con toda la información disponible sobre las próximas actuaciones y exposiciones que tendrán lugar en el Silo, avisos, comunicados y convocatorias de actos paralelos, teléfonos de información (¿los hay?),  venta anticipada o reservas telefónicas (¿las hay?), horarios de venta de entradas (¿los hay?), recogida de datos de email de aquellos interesados en recibir información personal en sus correos (…?)… El público, como cualquier humamo, siempre agradece los mimos y que piensen en él que es, al fin y al cabo, el que sustenta el espectáculo. Reducir las acomodadoras a la función fundamental de acomodar es un derroche de medios: pueden y deben servir para más cosas, máxime cuando la mayoría ya sabemos acomodarnos solitos.

–          Ya estamos en el amplio y bello vestíbulo de entrada. El vestíbulo ya no será un corredor por donde pasamos velozmente en busca de nuestra butaca: el vestíbulo es YA un lugar para el encuentro con amigos y conocidos, la charla amigable… Alimentar la espera con el ritual social como si fuéramos a una ópera en el Teatro Real.

¿No es la puerta principal la más vistosa?

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